Esfera.
Es increíble la soledad que llegas a
sentir cuando eres niño, ¿no crees?.
En el sentido literal, no lo crees… porque aparentemente, todos pueden decidir lo que debes sentir. Excepto tú.
En el sentido literal, no lo crees… porque aparentemente, todos pueden decidir lo que debes sentir. Excepto tú.
Cuando era infante, creía que las
escaleras recargadas en un poste de luz, o en alguna pared callejera (donde no
habían más que capas encimadas de pintura y algún graffiti mal hecho), te
podían llevar a otro sitio.
Llegando al último peldaño, si te ponías
de puntitas y estirabas bien los brazos, podrías empezar a buscar alguna arruga.
Me gustaba entrecerrar los ojos, eso ayudaba a la labor; o por lo menos eso pensaba.
Me gustaba entrecerrar los ojos, eso ayudaba a la labor; o por lo menos eso pensaba.
Imaginaba un salón en las nubes del
cielo; de algún modo, sabía que la entrada estaba escondida detrás de alguna
cortina imaginaria.
Mis manos hacían un zigzag buscando a ciegas, la seda del firmamento se abriría, y por el resquicio verías un candelabro de cristales tintineando.
Mis manos hacían un zigzag buscando a ciegas, la seda del firmamento se abriría, y por el resquicio verías un candelabro de cristales tintineando.
A veces, seguía buscando esas grietas en
el atardecer, creía que no podrían esconderme ese salón por siempre.
La tela pasó a ser un papel tapiz
rasgado, y luego un cuadro al óleo que escondía un hueco (como cuando cuelgas
algo sobre un agujero en la pared); creía que descolgándolo podría entrar.
Tal vez era la madriguera de una criatura de orejas largas dormitando en la luna.
Tal vez era la madriguera de una criatura de orejas largas dormitando en la luna.
Buscaba constantemente algún trozo de
nada, pues esperaba que pudiera haber algo más,
algo más allá, algo detrás de lo que mis ojos veían.
Naz.
Ciudad de México, 27/08/2016.

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