Páramo.
Amaneció.
Alumbra la aurora tu
espalda... purpúrea, carne lacerada.
Sus labios te muerden con
frenesí, su caricia arde con frialdad teatral.
Matan la sed con sus
poros, que gotean.
Ángeles desencajándose
las alas, en un exterminio bilateral... mutuo.
Hiede a oxido y clavo, a
sangre vertida, al tabaco de mi cigarro que cruje.
Alma marchita entre los
árboles, agonizando en el bosque; la presa extendida.
Su cabello de ébano
enredado en mi puño.
Un sutil gimoteo
orientará a las aves de rapiña.
El todo y la nada,
Caótico, la condena de no
poder olvidar sus ojos tristes, sus ojos exánimes.
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